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Bicentenario de la Fundación de la Congregación de los Hermanos Maristas
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2 de Enero de 2017 - Bicentenario de la Fundación Marista

200 Años de la Fundación de la Sociedad de María

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El 2 de Enero de 1817 Champagnat funda los Hermanitos de María

fundacionLos trabajos de su ministerio sacerdotal y los frutos de salvación que conseguía en las almas, no habían logrado quitar del pensamiento del señor Champagnat el proyecto de fundación de los Hermanos. La idea le obsesionaba a todas horas:

en medio de las más absorbentes ocupaciones, en sus correrías y en las visitas a la gente del campo, que encontró sumida en la más crasa ignorancia, en las catequesis que daba a los niños, en su oración y hasta en el altar durante el augusto sacrifico de la misa.

En sus coloquios con Dios no cesaba de confiarle su proyecto. Le decía a menudo: "Aquí me tienes, Señor, para hacer tu santa voluntad"(Sal. 39,9; Hb 10,9). Otras veces, por miedo de ser víctima de alguna ilusión, exclamaba: "Dios mío, si esta idea no procede de ti y no va a redundar en tu gloria y en la salvación de las almas, apártala de mí" (Tuvo certeza moral de la necesidad de fundar la Sociedad de los Hermanos y, con motivo de su dimisión, en 1837 recordará que había recibido de los demás futuros maristas la misión de encargarse de la rama de los Hermanos).

Esta incertidumbre, consecuencia de su profunda humildad, no le impidio comenzar su proyecto. Desde el primer día de su llegada a Lavalla,( Por segunda vez utiliza la expresión “primer día”) se había fijado en un joven, para convertirlo en el primer miembro de la sociedad que pensaba fundar. Este muchacho vino una noche a buscarle para que fuera a confesar a un enfermo. El señor Champagnat aprovechó la oportunidad para hablarle de Dios y de la fugacidad de las cosas terrenas con el fin de animarle a la práctica de la virtud y sondear sus disposiciones respecto al estado de vida que pensaba seguir. Quedó tan entusiasmado de sus respuestas y de las excelentes sentimientos que le animaban, que a la mañana siguiente se presentó en su casa (El Padre Bourdin dice a este respecto <El primer domingo de octubre él (Hermano Juan María)- muy buena persona- vino a buscarlo para atender a un enfermo de la Rive (aldea de Lavalla) allí lo conoció>) y le llevó el "Manual del cristiano"(Compilación que contenía el Nuevo Testamento, los Salmos, la Imitación de Cristo y varias oraciones, entre ellas, el Oficio de la Santísima Virgen).

Como Juan María Granjón - era el nombre del joven - rehusara aceptarlo, alegando que no sabía leer, le dijo el señor Champagnat: - "Aún así, tómalo. Te servirá de método de lectura y, si te parece, yo mismo te enseñaré a leer". Poco después le invitó a que viniera a residir a Lavalla para tener oportunidad de seguirle de cerca y darle las lecciones con mayor asiduidad. Juan María Granjón vino, pues a vivir cerca de la iglesia, y bajo la dirección del señor Champagnat, no sólo aprendió a leer y escribir, sino que pronto se convirtió en modelo de piedad y virtud para toda la parroquia.

Así estaban las cosas cuando un acontecimiento, sin duda providencial, vino a acabar con las vacilaciones del señor Champagnat y a decidirle a no dilatar por más tiempo la fundación de los Hermanos.

Un día le llamaron para confesar a un niño enfermo (Juan Bautista Montagne, que vivía en Les Palais, más allá de Bessat) y, según su costumbre, se puso inmediatamente en camino. Antes de confesar al muchacho, le hizo algunas preguntas para saber si tenía las disposiciones necesarias para recibir los sacramentos. ¡Cuál no fue su sorpresa al comprobar que ignoraba los principales misterios y que ni siquiera tenía noción de la existencia de Dios! Profundamente afligido al ver a un niño de doce años (El Hermano Francisco, en una conferencia, alude al joven moribundo, cuya muerte va a decidir al Padre Champanat ; pero le atribuye la edad de 17 años. Este adolescente, Juan Bautista Montagne, nació el 20 de floreal del año 8 (=10 de Mayo de 1800) y murió el 28 de octubre de l816. Tenía, pues 16 años y medio. Registro de la catolicidad de Lavalla) en tan absoluta ignorancia, y asustado al verle morir en esta situación, se sentó a su lado para enseñarle las verdades y misterios fundamentales de la salvación. Dos horas empleó en instruirlo y confesarlo y sólo con gran esfuerzo consiguió enseñarle lo indispensable, pues el niño estaba tan enfermo que apenas comprendía lo que le estaba diciendo. Después de confesarlo y haberle sugerido actos de amor de Dios y contrición para disponerle a bien morir, lo dejó para atender a otro enfermo que se hallaba en la casa vecina. Al salir, quiso saber cómo se encontraba el muchacho. -"Falleció poco después de dejarlo usted", dijeron sus padres sollozando.

Un sentimiento de alegría por haber llegado tan oportunamente se mezcló en su alma con otro de temor al comprobar el peligro que había corrido el pobre chico al que acababa de librar quizá de condenarse. Regresó embebido en estos pensamientos y repitiendo en su interior: -"¡Cuántos niños se encontrarán a diario en la misma situación y correrán los mismos riesgos por no tener a nadie que les enseñe las verdades de la fe!". Y la idea de fundar una sociedad de Hermanos dedicados a impedir este peligro por medio de la educación cristiana se hizo en él tan obsesiva que fue a buscar a Juan María Granjón y le expuso sus planes. Después de ponderarle el bien que el proyectado Instituto estaba destinado a realizar, le preguntó si estaría dispuesto a formar parte de él para dedicarse a la educación de los niños. El joven, que le había seguido con suma atención, le respondió: - "Estoy en sus manos. Haga de mí lo que quiera. Me consideraré inmensamente feliz de poder consagrar mis fuerzas y salud e incluso la vida a la instrucción cristiana de los niños, si considera que sirvo para eso". Encantado y edificado por esta respuesta, el señor Champagnat le dijo: -"Animo. Dios te bendecirá y la Santísima Virgen te enviará compañeros". La promesa no tardó en cumplirse, y el sábado (El primer sábado siguiente al 28 de octubre de 1816 fue el 2 de noviembre) de la misma semana vino otro muchacho a compartir la misma vida.

Juan Bautista Audrás , muchacho de inocencia y pureza angelicales se encuentra un día con el libro "Piénsalo bien" y lo lee con avidez. Al leerlo se le llenan los ojos de lágrimas y decide salvar su alma a toda costa. Con estos sentimientos se arrodilla y pide a Dios que le inspire lo que debe hacer para servirle perfectamente. Al levantarse está decidido a abandonar el mundo y entrar en la congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Después de madurar esa resolución durante unos días se la comunica a sus padres que no le hacen caso y toman sus deseos como una veleidad infantil (Nacido el 2 de mesidor del año 10 (=21 de junio de 1802) tiene por entonces 14 años y medio) Transcurrieron varios meses y su decisión de abrazar el estado religioso se iba consolidando. Un domingo salió de casa muy temprano y se fue a oír misa a la parroquia de san Pedro de Saint-Chamond. Luego se dirige a casa de los Hermanos (El cardenal Fesch va a convertir a Lyon en el centro principal de estos Hermanos. Abren escuelas en la comarca. Por eso se hallan en Saint-Chamond desde 1896) y pide hablar con el hermano director, le comunica su proyecto, y le ruega que le ayude a realizarlo escribiendo al Superior General del Instituto. El Hermano Director, conmovido por tan magnífica disposición le anima en su deseo, pero le dice que aún es demasiado joven para ser admitido al noviciado (En los comienzos no se determina nada respecto a la edad. Los prospectos de 1824 como también la Regla de 1837, capítulo I, art.4, pág.10 establecen de “quince a treinta”). Lo invita a encomendar a Dios su vocación y consultar al confesor asunto de tal trascendencia. Las palabras del buen Hermano le dejaron poco satisfecho. Si por un lado se vio colmado de gozo al ver confirmado su propósito de abandonar el mundo y recibió la promesa de ser admitido en los Hermanos de las Escuelas Cristianas, por otro se sentía apenado al verse obligado a tener que esperar aún algún tiempo.

Sin embargo, la docilidad en seguir cuanto se le indicaba, le obtuvo la gracia de realizar su deseo antes de lo que pensaba. Al sábado siguiente fue a confesarse con el señor Champagnat dándole a conocer sus sentimientos y el trámite llevado a cabo a espaldas de sus padres para ingresar en los Hermanos, así como el resultado obtenido. Después de haberlo escuchado y examinado, los motivos de su vocación, el señor Champagnat creyó ver en él la segunda piedra del edificio que se proponía levantar. En realidad fue la primera, pues veremos más adelante que el otro joven no perseveró. Sin embargo no creyó oportuno darle a conocer entonces sus intenciones. Se contentó con animarle a perseverar en su propósito de hacerse Hermano e invitarle a orar fervorosamente para conocer los designios de Dios sobre él. Habiendo observado que el joven Audras lo escuchaba con gran atención, se recogió un instante para discernir ante Dios lo que debía aconsejarle. En ese momento sintió como una voz interior que le decía: "He preparado este niño, te lo envío para que hagas de él el cimiento de la sociedad que debes fundar". Entonces, conteniendo la profunda emoción que esa voz o inspiración interior le había producido se vuelve hacia el muchacho y le propone venir a vivir con Granjón. Y para animarlo, se ofrece a darle lecciones y ayudarle a entrar en el estado religioso.

Juan Bautista Audrás comunicó a sus padres el ofrecimiento que le habían hecho. Ellos no vieron ningún inconveniente, ya que consideraron las propuestas del coadjutor como una prueba de afecto para con su hijo, y como un modo barato de instruírlo. Poco después, el señor Champagnat desveló por completo todos sus proyectos al nuevo discípulo y le preguntó si estaba dispuesto a ingresar en el nuevo Instituto. El joven postulante, una de cuyas cualidades era la de total docilidad a su director espiritual, le respondió: -"Desde que tengo la dicha de estar bajo su dirección, sólo pido a Dios una virtud, a saber, la de la obediencia, y la gracia de renunciar a mi propio criterio. Así, pues, haga de mí lo que quiera, con tal de que yo llegue a ser religioso". ¡Hermosa virtud y magnífica disposición, que le conquistaron el corazón y el afecto de su padre espiritual, le merecieron las bendiciones de Dios y le alcanzaron, como veremos más adelante, la perseverancia en su vocación!.El señor Champagnat, viendo a ambos jóvenes con tan excelentes disposiciones, creyó llegado el momento de dar comienzo a su obra. Pero, ¿dónde encontrar un local adecuado para albergar a sus dos discípulos? Próxima a la casa parroquial se hallaba a la venta una casita (Era propiedad del señor Bonner, fabricante de sillas para la iglesia. Pueden consultarse los dos contratos de compras). No titubeó en comprarla, aunque no disponía de dinero. Esa casa le convenía por dos razones: Estaba cerca de la casa parroquial, con lo cual podía dirigir y formar a los jóvenes sin largos desplazamientos y su precio era muy módico. Por eso la adquirió, junto con un huertecillo y terreno adjuntos, por la cantidad de mil seiscientos francos, que pidió prestados..Firmado el contrato se puso él mismo a limpiar y acondicionar la casita y colocó en ella los muebles más indispensables. Con sus propias manos fabricó dos camas de madera para los dos Hermanos, así como una mesita de comedor. Luego trajo a sus dos discípulos a la casita, que se convirtió así en la cuna de los Hermanitos de María. La pobreza más estricta se respiraba por doquier. Pero también eran pobres el establo de Belén y la casita de Nazaret. Y los hijos de María debían tratar de imitar a su Madre y llevar desde su nacimiento el sello de su pobreza y humildad.


Era el 2 de enero de 1817, cuando los dos novicios tomaron posesión de la casa, constituyeron comunidad y pusieron los cimientos del Instituto de los Hermanitos de María.


Distribuían el tiempo entre la oración, el trabajo manual y el estudio. Los ejercicios de piedad fueron al principio pocos y muy breves: oración de la mañana; misa; lecturas cortas, tomadas del Manual del Cristiano o del Libro de oro (Libro de Oro o la Humildad práctica, por Dom de Santa Catalina), distribuidas a lo largo del día; rosario; visita al santísimo Sacramento (Tenía lugar en la iglesia, ya que sólo a partir de 1820 dispusieron los Hermanos de capilla, situada encima del cuarto del Padre Champagnat). y oración de la noche. La ocupación manual consistía en fabricar clavos (Esta industria estaba a la sazón muy en boga en la región. Las ciudades industriales del valle del Gier, del Ondaine y del Turan podían alimentar toda una industria subsidiaria en la zona rural de los alrededores. La industria metalúrgica suministraba las varillas de hierro que los campesinos-artesanales transformaban en clavos. Era una forma de ganar algún dinero sin salir de casa durante el invierno. Esta artesanía podía también amoldarse a la vida comunitaria. En casi todas las granjas de Lavalla se encontraba la piedra para hacer clavos, como la que se conserva en el cuarto del Padre Champagnat). El producto de ese trabajo era suficiente para el sustento. El señor Champagnat, que les quería como a hijos, los visitaba a menudo, trabajaba a veces con ellos, les animaba y daba clases de lectura y escritura. Los orientaba y les comunicaba los planes y proyectos que abrigaba para gloria de Dios y salvación de las almas. Los dos novicios correspondían a sus desvelos con gran fidelidad.

Fuente : Vida de José Benito Marcelino Champagnat ( Hermano Jean-Baptiste Furet - año 1856 )

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