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Mar07252017

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Bicentenario de la Fundación de la Congregación de los Hermanos Maristas
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2 de Enero de 2017 - Bicentenario de la Fundación Marista

200 Años de la Fundación de la Sociedad de María

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Como Pueblo de Dios, asumamos nuestra misión

aficheBenedicto XVI en su carta encíclica "Caritas in veritate" afirma que "la cooperación internacional necesita personas que participen en el proceso del desarrollo económico y humano, mediante la

solidaridad de la presencia, el acompañamiento, la formación y el respeto". ¡No sólo la internacional!, diría yo, ¡sino la nacional también!

En una época de crisis como esta de enfrentamientos como los que existen en nuestra sociedad, los cristianos debemos tener, más que nunca, en nuestras manos una bíblia y un periódico que nos permitan cerrar el circulo hermenéutico de acercarnos a la fe desde la situación actual en la que vivímos y a esta situación de crisis desde la sensibilidad del evangelio.

Hemos comenzado la celebración de un año de fe. Un año después de más de 2000 no es nada, pero también la fe está en crisis. Como en la lectura de hoy domingo (el joven rico), somos muchos los que hemos ido prostituyendo el acto de celebración de la fe por ritos sin sentido que anteponen a otros dioses (dinero, prestigio, belleza) al auténtico Dios. ¡Hoy más que nunca es necesario oír las voces de tantos profetas que claman una vuelta a una auténtica celebración de la fe, que empiece por acercarnos al otro (presencia), estar atentos a sus necesidades (acompañamiento), ayudarles en el crecimiento integral de su persona (formación) y hacerlo desde su total libertad (respeto).

¡En esto los maristas tenemos mucho que decir por nuestro espíritu de familia! Es necesario ponerse en el lugar del otro, mirar con otros ojos (con los de Dios) para ver que “el otro” nos necesita, que tenemos más de lo que necesitamos y que “el otro” está viviendo en condiciones económicas y humanas muy por debajo de las nuestras y, en cambio, no paramos de protestar porque nos han bajado el sueldo, nos suben los precios...

El discurso que Juan XXIII pronunció en la sesión inaugural el 11 de octubre de 1962 es una buena muestra de lo que él desea que sea el Concilio. Ya su mismo título es expresivo: “Gaudet Mater Ecclesia”. La Iglesia se presenta como madre, y además lo hace con un sentimiento fundamental de alegría y optimismo (“gaudet”). El objetivo que él propone al Concilio se expresa con mucha nitidez cuando distingue entre el “depósito de la fe” y sus formas de expresarlo:

“Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del "depositum fidei", y otra la manera de formular su expresión; y de ello ha de tenerse gran cuenta -con paciencia, si necesario fuese ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter predominantemente pastoral”.

Que la enseñanza de la Iglesia tuviera un carácter predominantemente pastoral significaba dos cosas: esfuerzo por llegar a la gente con un lenguaje asequible en conexión con las expectativas y necesidades; formular las cosas en positivo, como propuesta, y no solo en términos negativos y de prevención o condena.

Quedaba clara la propuesta, que encontró pronto un eco muy favorable entre los padres: la Iglesia debía convertirse en el tema central del Concilio; la Iglesia en su doble dimensión: hacia adentro (-ad-intra- cómo se entiende ella a sí misma en cuanto Misterio de Cristo que vive en su Cuerpo Místico y en cuanto enviada a evangelizar) y hacia fuera (-ad extra- qué puede decir ella a un mundo que le plantea cuestiones de enorme gravedad, como son las referentes a la vida humana, a la justicia social, a la evangelización de los pobres, a la paz internacional y a la guerra).

La gran obra del Vaticano II quedaba sintetizada en tres cuestiones:

• ¿qué puede aportar la Iglesia a este mundo de hoy, a los problemas que él mismo se plantea? No se trata solo de la evangelización en sentido estricto, sino de esas otras formas de presencia con las que la Iglesia quiere responder, desde su óptica, a las preguntas cruciales a las que la humanidad toda se esfuerza también por contestar (en el campo social y económico, en el político, en el cultural, etc.).

• Todo eso suscita una segunda cuestión: ¿desde dónde habla la Iglesia cuando se pronuncia sobre estos asuntos? ¿cuál es su lugar en el mundo? Ya no puede seguir siendo el que le reconocía la sociedad antigua (y al que tanto trabajo le costó renunciar). ¿Cuál es, entonces? ¿cómo concibe la Iglesia sus relaciones con el mundo de hoy y qué bases establece para entrar en diálogo con él?

• Y, por fin, este repensar su nuevo puesto en la sociedad le lleva a la pregunta fundamental: ¿cómo se entiende la Iglesia a sí misma? ¿es que su nueva forma de estar en el mundo no le obliga a revisar su propia autocomprensión?

Hoy, estas cuestiones deben retumbar también en nuestras mentes y nuestros corazones para saber como obrar de manera recta en nuestro entorno. Para ello, ya desde antes del concilio Vaticano II, Pablo VI nos propuso el esquema de ver, juzgar y actuar, en la que proponía que la función eclesial se inserta dentro de la tarea más amplia del ministerio pastoral: y ésta no se reduce a pronunciar un veredicto doctrinal sobre los problemas sociales, sino que es además voz que alienta a la comunidad para comprometerse en la resolución de los mismos. Así, la Iglesia, cada uno de nosotros, como Pueblo de Dios formamos un pueblo elegido por Dios, no para disfrutar de un privilegio de grupo, sino para asumir una misión cuyo destinatario es la humanidad entera y, por tanto, llamados a convertirnos en una verdadera fraternidad.

Autor : Antonio Domínguez - Profesor en el Colegio Marista San Fernando de Sevilla, España.

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