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Bicentenario de la Fundación de la Congregación de los Hermanos Maristas
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2 de Enero de 2017 - Bicentenario de la Fundación Marista

200 Años de la Fundación de la Sociedad de María

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Carta de un Padre que Perdió a su Hijo

muerte_hijoPublicamos este testimonio de un padre católico, a raíz de la muerte de su hijo. Es el fruto de una fe profundamente vivida por él y por toda su familia.

Ante un mundo ateo, descreído y sin esperanza, que hace alardes de una presunta seguridad en sí mismo pero que, ante hechos como éste, el de enfrentar la muerte de un ser querido, no ve más que un callejón oscuro y sin salida, imagen de su desesperación.Es un testimonio diametralmente opuesto de quiénes hoy promueven la cultura de la muerte.

"LA GRACIA DE PABLITO"

En los cursos de la universidad, es común que los alumnos me planteen sus cuestionamientos acerca de la cantidad de hijos que uno tiene. Sus reacciones van desde la mirada escéptica hasta la admiración cuando se enteran del número de hijos que integran mi familia. ¡Ocho! exclaman con una expresión mezcla de incredulidad y asombro. Siempre se plantea esto, especialmente cuando se da ese diálogo personal, tan necesario en las materias formativas de la Universidad, para entrar en un clima de confianza imprescindible. Son temas muy “calientes”, “existenciales”, “comprometidos” que requieren respuestas de idéntico tenor. Y una de esas respuestas que hace ya años he esbozado respecto al tema de los hijos empezó siendo una “ocurrencia”, es decir, algo que se me ocurrió de repente y que ahora no sería temerario atribuir a algo superior.

La inspiración del Espíritu Santo no es ningún mito para la fe católica. En las miles de horas de clase que he dictado varias veces me he encontrado diciendo cosas que jamás las había pensado y que siempre me pregunto de dónde salieron. Una de esas “ocurrencias” la planteaba más o menos así: “Dice el lugar común que „se traen hijos al mundo‟. Pues bien, eso en realidad no es tan así. El mundo es algo pasajero, transitorio, no es el lugar definitivo de nuestros hijos (tampoco el nuestro). En realidad traemos hijos para la eternidad. Tenemos hijos con destino de eternidad, no con destino mundano. Esto no es lo definitivo. No están destinados a la muerte.

Lo definitivo es lo eterno, el mundo de lo sobrenatural, lo que no es de este mundo (ni tampoco extraterrestre o extraplanetario). Cada hijo es un destinado a lo eterno. Para decirlo de una vez: cada hijo está destinado a Dios. Todo padre católico tendría que tener esto absolutamente claro. Especialmente para entender la insistencia de la Iglesia Católica sobre la generosidad que deben tener los esposos en la transmisión de la vida. Esto era uno de los aspectos de la “ocurrencia” de la que hablo. Era algo que “me salió” un día, así, en una clase y no me olvidé más de decirlo. ¿Por qué lo decía? No lo tenía tan claro. Y encima, había otra cosa que decía que sonaba más raro todavía. Hablaba de una póliza de seguro que nadie, absolutamente nadie, se atrevería a firmar: nadie puede asegurar que va a morir antes que sus hijos. Nadie puede asegurar que, como dice la ley de la naturaleza, los hijos van a enterrar a sus padres, porque eso es lo natural, lo que debe ser, lo que está en la naturaleza de las cosas, en definitiva, lo que está bien (aunque la muerte de cualquier ser querido siempre nos duela). ¿Por qué decía esto último? Nunca lo supe con certeza… hasta ahora.

Lo extraño de todo esto es que tenía una rara sensación al decirlo, nunca lo expresé, nunca dije nada, pero esa sensación me acompañaba al terminar de decir estas cosas en las clases. Y esa sensación me decía en lo más profundo que “Alguien” me iba a cobrar esa extraña e infirmable póliza. Alguien me iba a pedir vivir la terrible posibilidad de lo que decía. Vivir lo que decía… Vivir-lo-que-decía. Claro, ¡qué fácil es decir las cosas sin el compromiso de vivirlas! ¡Qué fácil es hablar, qué fácil salen a veces las palabras! ¡Qué fácil! Incluso lo escribí. No esto. No así. Pero sí escribí sobre el dolor, escribí sobre la Cruz, lo que todo esto significa para el cristiano y para la esencialidad de lo cristiano, de lo católico. Está en mis libros de teología. Está escrito. Está impreso. Sin la Cruz, sin el dolor, y sin la resurrección, el cristianismo es ininteligible. No se entiende nada. Nada de nada. En el mejor de los casos, reducimos a Cristo a una especie de filósofo moral. Y ya se sabe que reducir a Cristo a eso es la muerte del cristianismo. No necesitamos más filósofos (de “filósofos” estamos hasta acá), necesitamos un Redentor, un Salvador. Y Cristo dio vuelta el dolor, porque de una manera revolucionaria nos muestra un dolor que no es solamente como dijeron los paganos (y hasta ahí llegaron) una ocasión para aprender.

Ya no se trata de ser solo algo que nos hace madurar. Se trata de que ahora el dolor no solo enseña sino que encima salva, y salva eternamente. Y también ¡qué fácil suena esto! ¡Qué fácil es escribirlo, no solo decirlo, también escribirlo! ¿Qué “arriesgaba” al decirlo? ¿Qué “arriesgaba” al escribirlo? ¿Qué ponía en juego? En definitiva, ¿qué vivía de lo que estaba diciendo? Siempre un profesor, especialmente cuando se trata de materias como estas, sufre la sensación de la enorme desproporción entre la propia miseria personal y la grandeza de lo que está enseñando. Me ha pasado siempre. Continuamente. Todo el tiempo. La verdad católica es algo tan inmenso, tan desproporcionado enfrentada a la sabiduría meramente humana, que siempre nos pasamos repitiendo aquello de San Pablo: “…Llevamos este tesoro en vasos de barro para que se vea que el poder extraordinario viene de Dios y no de nosotros” (II Cor 4, 7). O eso otro de Messori en su “Apostar por la muerte”: “Escribo, pues, a disgusto, angustiado por el terror al moralismo, máscara hipócrita e inhumana del moderado, que se permite pontificar acerca del dolor del prójimo mientras se fuma un buen habano en la sobremesa de una buena comida” (p. 56).

Pues bien, unos ya lo saben pero aquellos que no me conocen quizás ya hayan adivinado que ese Alguien se cobró la póliza, que lo que yo escribí o dije un día en las clases de la universidad ya no son palabras en el viento, no son “flatus vocis” como diría un rabioso nominalista, ya no se trata de tinta o toner impreso en un papel. Se trata de un hecho. Ya no soy el moderado del que habla Messori que discurre acerca de “teoremas teológicos” sobre el dolor. YA NO PUEDO SERLO. En esa extraña letanía repetía: “Yo traigo hijos para la eternidad”. Pues eso, queridos amigos, es para mí ya un hecho, un hecho tremendo, algo cuya premonición pareciera haber estado enquistada en las oscuridades (¿o luminosidades?) de mi alma, algo que apareció de una manera brutal, inesperada, para golpearnos con la fuerza de una maza en lo más profundo del corazón. Hace ya más de un año, todo esta extraña letanía se me ha hecho carne, se ha hecho vida, se ha hecho existencia, se ha hecho ser. Hace ya más de un año mi hijo Pablito, de 15 años, murió en un accidente en el campo de sus abuelos. Hace ya más de un año una inmensa mole de hormigón se le cayó encima y lo mató. Decía André Malraux: “El hombre nace cuando, por vez primera, susurra ante un cadáver: ¿por qué? ”. ¿Habré, entonces, nacido un martes 13 de enero del 2004?

No es natural que un padre entierre a su hijo. No, no es natural. Pero los cristianos sabemos que no todo se termina en lo natural. Sabemos que hay una dimensión sobrenatural que lo cambia todo. Esto es así. Lo sobrenatural lo cambia todo, todo, absolutamente todo. Lo humano ya no es “solo” humano. Nada es igual visto con los ojos de lo eterno.

Y en medio de todo este dolor uno se va dando cuenta de que esto es un regalo inmenso, sí, es cierto, un regalo que duele como si te arrancaran un pedazo de corazón, (en realidad, esa es la sensación “física” que uno siente, que te arrancan un pedazo de tu corazón, esto lo he hablado con otras personas que han perdido a sus hijos) pero –a la luz de Cristo– es un DON, una GRACIA. La gracia no te ahorra ningún dolor, es lacerante, pero como también lo fue el dolor redentor de Cristo y el dolor corredentor de la Virgen.

Y todo esto ha sido una lluvia de gracias sobre todos nosotros. Cristo no vino a eliminar el dolor (por lo menos en esta etapa peregrinante). No vino a dar una explicación sobre el dolor. No vino a destruir la Cruz sino a extenderse sobre ella (Claudel). No destruyó el dolor sino que vino a transformarlo. Y yo soy testigo de eso. Tengo toda la sensación de que mi familia y yo HEMOS SIDO CONSIDERADOS DIGNOS DE SUFRIR ESTE DOLOR. Todos los días doy gracias por tener fe, pero pido también todos los días ser sostenido en ella. Vivo todo esto como una gracia, como un don y…también como expiación.

Y para aquél que piense que todo esto que digo es una especie de “chicana” psicológica para zafar puedo contarles que todos los días que recuerdo a mi hijo siento que se me clava un dardo en el corazón. Para los que tengan la tentación de apelar a explicaciones sobre “delirios místicos” y cosas por el estilo, simplemente sepan que tengo muy presente todo lo que viví en esas horas terribles. Como cuando iba por los pasillos del hospital municipal de Necochea diciéndoles a las dos personas que tenía a mi lado (y que estaban ahí porque creían que me iba a caer a pedazos): “Voy caminando hacia el momento más terrible de mi vida”. Sí, lo dije con una conciencia tan clara que aún hoy me sorprende: “Voy caminando hacia el momento más terrible de mi vida”, de toda mi vida. Lo que vi allí no podré sacármelo nunca más de mi cabeza. Dicen que la memoria es selectiva. Yo no creo demasiado en eso. ¡Maldita memoria! A veces desearía que ciertas imágenes, ciertos datos se me perdieran para siempre. Pero Dios sabe por qué los recuerdo.

Lo que vi ahí estará en mi memoria para siempre y cada vez que lo traiga, cada vez que lo recuerde, cada vez, me dolerá casi como la primera vez, partiéndome el corazón como la primera vez. ¡Y cómo me duele, casi más que haberlo visto así, el no haberlo besado, el no haberle dado la bendición, como hice casi todos los días de su vida! ¡Cómo me duele, Dios mío! No fui lo suficientemente fuerte como para saber qué tenía que hacer. Sí, es cierto, le pasé la mano por su cabeza mientras le decía “¡Pablito, Dios mío, Pablito”! Pero “me olvidé” de besarlo y bendecirlo. Siempre me acuerdo dolorosamente de ese momento de debilidad. Pero sé que a Pablito eso no le importó. Seguramente, como dijo Agnes, “Pablito ya sabe…”, “Pablito ya entiende…”.

¿Qué clase de religión es la católica? ¿Acaso una religión que nos sirve simplemente para enterrar bien a nuestros muertos? ¿En qué creemos realmente cuando enterramos a alguien amado? ¿Acaso nuestra fe es una muleta que al mejor estilo de los toxicómanos utilizamos para soportar lo insoportable de esta vida? ¿Y cuando el tiempo va curando heridas, vamos dejando esa fe de lado a la manera que un inválido que se restablece va dejando las muletas? Si las palabras de Cristo a la hermana de Lázaro no son reales pues entonces todo el cristianismo no es más que la mentira más grande de la historia (Nietzsche). Y, entonces, mi hijo está más muerto que nunca. Pero Cristo le dijo a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en Mí, aunque muera, vivirá. Y todo viviente y creyente en Mí, no morirá jamás. ¿Lo crees tú?” (Jn XI, 25-26). ¿Lo crees tú, cristiano? ¿Lo crees tú que entierras a tus muertos? ¿Rezas por tus muertos?

¿Puedes ofrecer por ellos para que ellos puedan purificarse más rápidamente en aquello que los católicos llamamos purgatorio? ¿O tus muertos ya están bien muertos para siempre? ¿Lo creo yo, cristiano? Y entonces aparece el cristianismo como ese orden milagroso sobrenatural que nos permite respirar el aire puro fuera de la “cárcel” de la naturaleza, fuera de ese mundo pagano que cree que todo se termina ya aquí, o que en el mejor de los casos nos hace creer que nos disolvemos en el polvo cósmico panteísta. Cristo no es un fundador de religión más. No es simplemente “el predicador de Dios”. Es Dios mismo conduciendo a los hombres a la realidad más profunda. A diferencia de cualquier otra “construcción religiosa” (y por lo tanto, mera invención humana) el cristianismo tiene un carácter específicamente sobrenatural, gracioso y anormal. No es la normalidad del hombre en busca de lo divino como pasa en todas las religiones falsas inventadas por el hombre. En el cristianismo es lo divino lo que se mete en la historia humana de manera definitiva y total, para hacernos partícipes de lo divino. “Dios que se hace hombre para que el hombre se haga Dios”.

Cristo nos está simplemente diciendo “ESPEREN”, “NO PIERDAN LA ESPERANZA PORQUE YO SOY LA ESPERANZA Y PORQUE UDS. VAN A VOLVER A VERLOS, A ELLOS, A LOS QUE LLORAN”. “ESTO NO ES LO DEFINITIVO”, “EL DOLOR NO TIENE LA ULTIMA PALABRA”. “LO HE TRANSFORMADO DE TAL MANERA QUE VUESTRO DOLOR ES ESA ESCALERA PARA LA FELICIDAD”

Y también escucho que él me dice al oído, despacito: “Os di un muchacho que, en su breve tiempo terreno, siempre demostró tener más signos de vivir para el Cielo que para la Tierra. A quien le quito le devuelvo; no importa si en la Tierra o en la eternidad, pero Yo restituyo todo. Y os devolveré cada criatura, todas las que os tomé para llevarlas a lugar seguro y porque necesitaba de esa criatura en lo alto; del mismo modo que necesito de todos vosotros en la Tierra para que llevéis el amor, para que seáis la sal, la luz, para que seáis la salvación de un alma, por lo menos. En las oscuras horas del dolor mirad más allá y seréis consolados. Trazad un puente desde la Tierra al Cielo. Mirad al Cielo y pensad en cuándo lo alcanzaréis, cuándo volveréis a ver a vuestros amados, que parecen perdidos. “PARECEN” perdidos. Pero no es así. Están vivos en Mí, vivos, invisibles, amorosos, presentes en vosotros. Os sonríen y os aman con un amor perfecto: os esperan y os estrecharán con el corazón”. (La Palabra continúa en el Signo de los tiempos –palabras de Nuestro Señor a un alma escondida–, diciembre de 1977).

Cuando empezaron a llegar todos aquellos que nos quieren, y nos quieren bien, en esos días inolvidables del velorio en el campo, en nuestra casa en el Tigre y finalmente en el cementerio, en ese “lugar de dormición”, (eufemismo que no tiene nada que ver con la negación de la muerte de la sociedad moderna sino con la esperanza de que nuestros muertos no están definitivamente muertos), todos nos acompañaron con su presencia, algunos con sus palabras; otros, imposibilitados de decir algo, lo hicieron simplemente con sus miradas que lo decían todo. Muy pocas frases “de circunstancia”, pocas, muy pocas… La gente se portó diez puntos… pude ver muchos cristianos, gente con fe católica. Y decir: “Gracias, Dios mío, por este dolor inmenso, enorme, desgarrante. Gracias porque este dolor me permitió descubrir el amor en muchos rostros” ¡Ni qué decir el de aquella que me ha acompañado siempre hace ya casi veinte años! ¡Pude sentir toda su fuerza de madre dolorosa!

Y entre aquellos “lugares comunes” que a uno le dicen en esos momentos, (pocos, muy pocos, como dije) hubo uno ante el cual mi interior se rebelaba. Uno ante el cual sentía un indescriptible malestar. Algo no estaba bien. “¡Qué desgracia!” “¡Qué desgracia, Pablo!”, me decían. ¡Pobre! En realidad quien me lo decía, lo hacía de todo corazón y con la mejor de las intenciones, pero yo no podía evitar sentir un sordo rechazo en mi alma.

Para mí las palabras tienen su “peso”. Y si a la palabra “desgracia” la buscamos en el diccionario nos daremos cuenta de que en realidad no existen las desgracias, los que existen son los des-graciados. Si el tsunami del Indico hubiera ocurrido hace millones de años, ¿qué habría pasado? Pues, simplemente,…nada. Ningún muerto, ningún drama, ninguna tragedia, ningún “milagro”… Bueno, en realidad, sí, algo habría pasado: la isla de Sumatra se habría corrido treinta centímetros de su lugar. Y eso ¿a quién le importa? Pero, es que es lógico, la isla no es “alguien”, es algo.

Por lo tanto, toda desgracia le sucede a alguien. Alguien es desgraciado, no algo. Incluso en el campo tenemos un verbo para esto. Decimos que alguien “se desgració”. Siempre en carácter reflexivo. Sobre alguien cae la desgracia. Y cuando me decían “¡qué desgracia!”, había algo dentro mío que decía: “¡No, no es así! ¿De qué me está hablando? ¿De qué soy un desgraciado?, ¿de que mi familia es desgraciada?, ¿de que Pablito era un desgraciado?”. Y la pregunta se me vino una y otra vez: ¿Era Pablito un desgraciado? ¿ERA PABLITO UN DES-GRACIADO? El hombre moderno, el hombre “natural”, habría contestado sin dudar: “¡Sí, por supuesto!, ¿o querés negar lo evidente? ¿No lo ves? ¿No ves que se „malogró‟? ¿No ves que tenía toda una vida por delante?”. Para nosotros que miramos la existencia desde nuestra pequeña y estrecha “ventanita” temporal parecería que lo único que tendríamos que hacer es darle la razón a estas personas tan “lógicas”. Pero los católicos sabemos que para Dios no hay “vida por delante” ni “vida por atrás”. No hay
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tiempo, sino un eterno presente. Y a mí me venía una y otra vez aquello de lo natural y lo sobrenatural y cómo lo sobrenatural lo cambia todo. Y para Dios cada uno tiene su tiempo. Para Dios cada uno tiene un propósito. El dogma católico de la providencia de Dios es fundamental para entender esto. Pablito ya había cumplido acá todo lo que tenía que hacer. Dejemos que los incrédulos y ateos dibujen en sus rostros sonrisas irónicas y cínicas. Dejemos que nos tachen de “místicos”. No importa. De esos ya dijo Nuestro Señor: “No se dejarán persuadir, ni aún cuando alguno resucite de entre los muertos” (Lc 16, 31). Por lo tanto, ¿de qué desgracia estamos hablando? Y yo estaba pensando en la única des-gracia que nos debe importar, aquella que no depende de criterios meramente humanos, sino de aquella que habla de la ausencia de lo divino sobrenatural en nosotros. La única y verdadera desgracia importante es la que expulsa a Dios de nuestra alma. “Porque el que se salva sabe y el que no, no sabe nada”. Y todo el tiempo también me venía lo de Fray Pedro de los Reyes:

Yo, ¿para qué nací? Para salvarme.
Que tengo que morir es infalible.
Dejar de ver a Dios y condenarme
Triste cosa será, pero posible.
¡Posible! ¿Y río, y duermo, y quiero holgarme?
¡Posible! ¿Y tengo amor a lo visible?
¿Qué hago? ¿En qué me ocupo? ¿En qué me encanto?
¡Loco debo de ser, pues no soy santo!

En ese sentido, la respuesta a la pregunta era relativamente fácil. ¿Era Pablito un desgraciado?

Dejemos de lado la cantidad de cosas que me contaron en esos días sobre Pablito (muchas de ellas ni las sabía). Cosas especiales de un chico especial. Solo recordemos dos que nos pueden servir para contestar a la pregunta. Aquella de unos meses antes del accidente, cuando Pablito le dice a Agnes: “¿Sabés una cosa? No dejé de comulgar ningún domingo desde que hice la Primera Comunión”. Y esa otra, cuando estábamos en la mesa de casa, comiendo, y alguien preguntó qué era un pecado mortal. Y Dolores, además de la definición de rigor, dio algunos ejemplos. Pablito se quedó pensativo unos segundos, y después largó aquello de: “¡Pero, mamá, entonces eso es muy difícil que se dé!”. Y uno que se queda mirándolo medio turulato y pensando: “Quince años y esa inocencia. ¡Ojalá yo la hubiera tenido y conservado a esa edad!”. Y volvemos a ver esas sonrisas irónicas diciéndonos: “¡Claro! Eso pasa cuando no conocen de la vida y viven en una campana de cristal”. Pero Pablito sabía perfectamente de qué estaba hablando. Conviviendo con sus compañeros del Nacional de Vicente López, Pablito no necesitaba precisamente lecciones de “realidad”. Y ya que hablamos del Vicente López, no dejó de llamar la atención el silencio impresionante que hizo todo el patio con 800 alumnos el primer día de clase, cuando anunciaron públicamente su muerte. Un silencio que ni siquiera San Martín o Belgrano con todos sus oropeles o los esfuerzos de los celadores pudieron lograr en las fechas patrias. Ese fue otro de los “milagros” de Pablito.

Así que lo de Pablito está claro. Pero, enseguida viene la otra: ¿y nosotros? ¿Acaso nuestra familia no es desgraciada? No pienso meterme en la conciencia de cada uno. No corresponde. Cada uno sabe en qué anda. Pero sí sé algunas cosas. Sí sé lo que son unos verdaderos desgraciados y sí sé lo que son los verdaderos agraciados. Y no dudo en poner a mí y a mi familia entre estos últimos. ¿Cómo podemos sentirnos desgraciados si tenemos la Fe verdadera? ¿Cómo podemos ser desgraciados si tenemos una Patria como ésta? ¿Cómo podremos decir que la desgracia ha caído sobre esta casa, si podemos vivir en nuestra familia un dolor tan grande como éste y verlo como una gracia transformante, como un don? Ni qué decir de la manera en que Dios, de manera misteriosa, nos ha hecho llegar algunos “regalitos” que nos han conmovido hasta las lágrimas. ¿Cómo podemos decir que somos desgraciados si tenemos una familia como ésta en la que se nos ha enseñado la potencia del amor gratuito? No solo no somos desgraciados, sino que somos AGRACIADOS, y porque somos agraciados debemos ser profundamente AGRADECIDOS.

P.M.

Fuente :http://es.catholic.net/familiayvida/154/126/articulo.php?id=46860

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