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Bicentenario de la Fundación de la Congregación de los Hermanos Maristas
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2 de Enero de 2017 - Bicentenario de la Fundación Marista

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La santidad, una urgencia para nuestro tiempo

santidad_jovenesUna vida santa no es fruto principalmente de nuestro esfuerzo, de nuestras acciones. Es Dios, el tres veces santo (cf. Is 6, 3), quien nos hace santos; es la acción del Espíritu la que nos anima desde nuestro

interior; es la vida misma de Cristo resucitado la que se nos comunica y la que nos transforma.

Lo que Dios desea con más interés de cada uno de nosotros es que seamos santos. Precisamente porque nos ama mucho más de lo jamás pudiéramos imaginar y porque quiere lo mejor para nosotros. Todos estamos llamados a la santidad. Porque la santidad no es un lujo, ni un privilegio para pocos. Tampoco una meta imposible para un hombre normal.

La santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en vivir la vida cristiana en plenitud. Unirse a Cristo, vivir sus misterios, hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos.

La santidad se alcanza siguiendo el camino de las "bienaventuranzas" evangélicas (cfr Mt 5,1-12a). Es el mismo camino que Jesús recorrió y que luego los santos y las santas se han esforzado en recorrer, aun conscientes de sus límites humanos. En su vida terrena han sido pobres de espíritu, humildes, hambrientos y sedientos de la justicia, misericordiosos, puros de corazón, trabajadores por la paz, perseguidos por la justicia. Y Dios les ha hecho partícipes de su misma felicidad: la han pregustado en este mundo y, en el más allá, la gozan en plenitud.

Cuando Dios nos invita a ser santos, nos pide que no nos conformemos con ser cristianos mediocres, de segunda fila. Que no nos contentemos con alcanzar metas limitadas. Ni el dinero, ni el disfrutar ni el éxito son suficientes para hacernos felices. La clave para conseguir la verdadera felicidad es Dios. Necesitamos tener el valor de poner las esperanzas más profundas de nuestro corazón solamente en Dios. Dios quiere nuestra amistad. Y cuando comenzamos a ser amigos de Dios, todo en la vida empieza a cambiar. Comenzamos a ver la avaricia y el egoísmo y tantos otros pecados como lo que realmente son, tendencias destructivas y peligrosas que causan profundo sufrimiento y un grave daño. Por eso nos empeñamos en evitarlos.

La santidad es crecimiento en la amistad con Dios. Porque Dios no se conforma con que seamos amigos suyos, sino que nos quiere en el círculo de sus íntimos. La santidad no es sino la caridad plenamente vivida. Esta es la razón por la cual san Agustín ha podido hacer una afirmación atrevida: «Ama y haz lo que quieras». Y continúa: «Si callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; que esté en ti la raíz del amor, porque de esta raíz no puede salir nada que no sea el bien» (Comentario a la 1ª Carta de S. Juan 7, 8: PL 35). Quien se deja guiar por el amor, es guiado por Dios, porque Dios es amor.

Los santos, si se les conoce bien, atraen, seducen. Porque, ante todo, está la belleza de la santidad. No hay nada más hermoso que el amor, y no hay amor más grande que el del Hijo de Dios entregándose hasta el final para nuestra salvación (cf. Jn 15,13). Los santos son hombres y mujeres que nunca han faltado a la Iglesia, que transparentan y transmiten al mundo este amor del Hijo de Dios. Contemplándolos se percibe la auténtica belleza. “No son los áridos manuales –escribía H. U. Von Balthasar-, por llenos que estén de verdades indudables, los que expresan de modo plausible para el mundo la verdad del Evangelio de Cristo, sino la existencia de los santos, que han sido alcanzados por el Espíritu Santo de Cristo. Cristo no ha previsto otra apologética que ésta» (Gloria I. La percepción de la forma, Madrid 1985, 442-443).

No todos los santos son iguales: porque manifiestan de diversos modos la presencia poderosa y transformadora del Resucitado. Siguiendo una bellísima comparación de San Cirilo de Jerusalén, podemos decir que la gracia del Espíritu que actúa en los santos es semejante al agua: “El agua de la lluvia baja del cielo. Baja siempre del mismo modo y forma, pero produce efectos multiformes. Uno es el efecto producido en la palmera, otro en la vid y así sucesivamente, aunque sea siempre de única naturaleza y no pudiendo ser diversa de si misma. La lluvia en efecto, no baja diversa, no se cambia a si misma, sino que se adapta a las exigencias de los seres que la reciben y se convierte para cada uno de ellos en aquel don providencial del que necesitan. Del mismo modo también el Espíritu Santo aun siendo único y de una sola forma e indivisible, distribuye a cada uno la gracia según quiere” (Catequesis 16 sobre el Espíritu Santo, 1, 11 – 12.) El escritor francés Jean Guitton describe a los santos como "los colores del espectro en relación con la luz": cada uno de ellos refleja, con tonalidades y acentos propios, la luz de la santidad de Dios.

Los santos nos dicen que todos podemos recorrer este camino. En todas las épocas de la historia de la Iglesia, en todas las latitudes del mundo, hay santos de edades y de estados de vida diversos; son rostros concretos de todo pueblo, lengua y nación. Porque una vida santa no es fruto principalmente de nuestro esfuerzo, de nuestras acciones. Es Dios, el tres veces santo (cf. Is 6, 3), quien nos hace santos; es la acción del Espíritu la que nos anima desde nuestro interior; es la vida misma de Cristo resucitado la que se nos comunica y la que nos transforma.

La santidad no es aburrida, sino vivir de sorpresa en sorpresa. Llamamos santos a quienes se han dejado sorprender por el Amor que es Dios, más allá de sus planes y esquemas. Decidirse a ser “santo” equivale a aceptar el itinerario permanente hacia el encuentro definitivo con Dios. “Los santos – pensemos por ejemplo en la Beata Teresa de Calcuta – han adquirido su capacidad de amar al prójimo de manera siempre renovada gracias a su encuentro con el Señor Eucarístico, y viceversa, este encuentro ha adquirido realismo y profundidad precisamente en su servicio a los demás. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero” (Benedicto XVI, Deus Caritas est, nº 18). Los santos son audaces porque “son personas que no han buscado obstinadamente la propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse. Así nos indican la vía para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas. Los santos han sido verdaderos reformadores. Sólo de los santos, sólo de Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?” (Benedicto XVI, Discurso en la Vigilia de oración Colonia, 20.8.2005)

Por otra parte, los santos son humildes, confiados y generosos, porque han aprendido la lógica de la entrega: “puesto que es Dios quien nos ha amado primero (Cf. 1Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un mandamiento, sino la respuesta a un al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro” (Benedicto XVI, Deus Caritas est, nº 1). Es necesaria y posible una actitud permanente de conversión como fruto de la escucha humilde del Evangelio. La vida auténticamente cristiana es actitud permanente de cambio hacia un más allá, cuyo programa está escrito en las Bienaventuranzas. Amad… Sed perfectos (misericordiosos) como vuestro Padre” (Mt 5, 44.48; Cf Lc 6,36).

El santo del siglo XXI es un testigo de Jesucristo y ha de vivir con actitud martirial. El martirio es la prueba del amor más grande, es comprometerse en el seguimiento de Cristo hasta el punto de dar la vida para testimoniar la verdad del Evangelio. El mártir se configura con Cristo y también se convierte en grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto abundante.

“La verdadera prioridad y la verdadera modernidad –acaba de recordar el cardenal Piacenza- ¡es la santidad! El único posible recurso para una auténtica y profunda reforma es la santidad y ¡nosotros tenemos necesidad de reforma!”. Si no proponemos el camino de la santidad ni habrá vocaciones al sacerdocio, ni habrá misioneros, ni habrá militantes cristianos. No podemos conformarnos con cristianos solamente buenos, es decir, mediocres. Porque son estériles. Necesitamos cristianos santos, o lo que es lo mismo, audaces, humildes, confiados y generosos.

+ Manuel Sánchez Monge, Obispo de Mondoñedo-Ferrol

Fuente : http://infocatolica.com/?t=opinion&cod=10387

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